El terrible mal del aborto

6 enero, 2010 fjtoledo

La Iglesia debe hoy también, con insistencia, con claridad y paciencia, comprometerse con el derecho a la vida de todos los hombres, sobre todo la de los niños todavia no nacidos, y precisamente por ello, más necesitados de protección. Ella debe comprometerse en la ilimitada validez del quinto mandamiento: “NO MATAR”. Más allá de buenas palabras y del rechazo de la reflexión,  la mayoría lo sabe muy bien: el aborto es el homicidio voluntario de una vida humana inocente (1)

Ningún movimiento por la paz es digno de este nombre si no condena y se opone con igual fuerza a la batalla contra la vida naciente. Ningún movimiento ecológico puede ser considerado en serio si ignora los malos tratos y la destrucción de innumerables niños que en el seno materno podrían seguir viviendo. Ninguna mujer emancipada puede alegrarse de su mayor autodeterminación si ésta se obtiene a costa de una vida humana confiada a su cuidado y que tenía, a su vez, derecho a la autodeterminación (1).

(1) Juan Pablo II. Mi decálogo para el tercer milenio. Pág. 131, PPC, Editorial y Distribuidora S.A., Madrid. ISBN 84-288-1186-5.

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